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Un recorrido por la génesis y evolución de las viviendas rurales del municipio Jacura

Foto del escritor: dcmjacura
dcmjacura
31 jul
4 min de lectura

Jesús Soto- Si la arquitectura del Municipio Jacura cuenta una historia técnica a través de sus techos de acerolit, asbesto y estructuras metálicas, el verdadero trasfondo de cómo esas paredes levantaron el municipio permanece como el gran desconocido de nuestra memoria local o, al menos, para las generaciones mas recientes. 


Detrás de cada diseño habitacional que hoy define el disperso paisaje urbano y rural existe un proceso de asignación y construcción marcado por decretos nacionales, desastres naturales, respuestas institucionales y la autogestión de sus propios habitantes a lo largo de décadas. En este punto, resulta fundamental precisar que el recorrido que se detalla a continuación corresponde exclusivamente a las viviendas rurales, las cuales representan tan solo un porcentaje minoritario del total de edificaciones residenciales construidas en todo el municipio.

 

El recorrido cronológico de este crecimiento habitacional comenzó entre 1952 y 1954, durante la dictadura de Marcos Pérez Jiménez, con la edificación de las primeras 10 viviendas rurales del municipio en el sector conocido hoy como Pueblo Viejo, en la parroquia Araurima. El impulso definitivo a esta zona llegó en 1960 con la Ley de Reforma Agraria bajo el gobierno de Rómulo Betancourt, donde el Estado otorgaba tierras, ganado y techos, convirtiendo a las Colonias de Araurima en pioneras en el estado Falcón y albergando una delegación agraria adscrita a Caracas; de las 200 viviendas gestionadas para campesinos de todo el estado, solo se concluyeron 100 debido a las constantes precipitaciones y anegamientos que obligaron a muchos a abandonar el proyecto, dando origen a las calles Manaure, Araure, Central y Las Flores, con un estilo constructivo similar al de la Colonia Campesina de Yumare en Yaracuy. Posteriormente, entre 1969 y 1970, durante el primer gobierno de Rafael Caldera, la División de Malariología y Saneamiento Ambiental (Malariología) construyó 25 unidades distribuidas entre las comunidades de Bachacal y Riecito.



La expansión continuó abarcando a otras parroquias en las décadas sucesivas. Durante el periodo de Luis Herrera Campins (1979-1984), el registro formal en la parroquia Jacura arrancó con la construcción de 50 casas a través de Malariología, dotadas de tres habitaciones, sala, cocina, comedor, un baño y techo de acerolit, mientras que en los años 80 la parroquia Agua Linda registró sus primeras 10 estructuras de tipo rural levantadas por el Instituto de Vivienda del Estado Falcón (INSVIFAL). El mandato de Jaime Lusinchi (1984-1989) trajo consigo la ejecución de 30 viviendas adicionales en Araurima por gestión de Malariología, y un número similar en la parroquia Jacura, caracterizadas por techo de asbesto y variantes en el modelo de las ventanas.


Comunidad Campo Alegre, parroquia Araurima, foto Carolina Vargas
Comunidad Campo Alegre, parroquia Araurima, foto Carolina Vargas

Los años 90 introdujeron profundos cambios marcados por emergencias e intervenciones institucionales. El impacto del derrumbe ocurrido en Jacura en el año 1990 dejó a numerosas familias sin hogar que requerían reubicación urgente, lo que motivó al alcalde Osnaldo Sánchez a gestionar la construcción de 48 viviendas mediante Malariología, dando origen a la urbanización San Miguel Arcángel. En paralelo, bajo la tutela de INSVIFAL se levantaron estructuras más modestas en diferentes comunidades de esa misma parroquia, a lo que se sumó la entrega de créditos en materiales para autoconstrucción canalizados por la alcaldía durante las gestiones de Osnaldo Sánchez, Wilfredo Rico y Ángel Coronel -planes aplicados también en Araurima- en combinación con la propia autogestión de las juntas vecinales.


La dinámica habitacional avanzó hacia el nuevo siglo abriendo paso a nuevos frentes comunitarios. Entre 2002 y 2003, bajo la gobernación de Jesús Montilla y por solicitud de Ángel Coronel, se concretó el levantamiento de tres calles de viviendas en Campo Alegre para reubicar a familias damnificadas de Alto, La Alegría y Campeche. Poco después, entre 2007 y 2008, la Misión Ribas benefició a estudiantes con 13 inmuebles distribuidos en La Enea, Las Colonias y Agua Salada. La población de la urbanización San Miguel Arcángel continuó ensanchándose bajo los mandatos de los alcaldes Wilfredo Rico y Ángel Coronel, así como en administraciones posteriores, rebasando las 100 casas.


Urb. San Miguel Arcángel. Fotografía  María Betania Romero
Urb. San Miguel Arcángel. Fotografía  María Betania Romero

Asimismo, tras una vaguada ocurrida en la comunidad de Caobal en 2010 que dejó múltiples afectados, se inició en 2011 la construcción de 40 viviendas bajo el gobierno regional de Stella Lugo para dar asilo a los damnificados, dando lugar a la comunidad Pueblo Bicentenario.



En tiempos recientes, el proceso se diversificó con esquemas de participación ciudadana e institucional: la autogestión comunitaria logró la aprobación de 20 viviendas rurales en Riecito; la Misión Ribas impulsó un lote acotado de casas con estructura metálica, bloques y techo rojo en ciertos sectores específicos distribuidos por las tres parroquias; la Gran Misión Vivienda Venezuela levantó soluciones en La Ciénega, Agua Linda y Palmasola; y en la propia comunidad de Caobal se proyectó una ciudad comunal de 57 viviendas rurales, de las cuales solo 18 se concluyeron por completo y tres quedaron a medio construir.


Caobal,  Fotografía de José Gregorio Piña (Cheo)
Caobal,  Fotografía de José Gregorio Piña (Cheo)

Comprender la génesis de estas construcciones y el devenir de cada proceso habitacional no es un mero ejercicio de archivo, sino la clave fundamental para entender nuestro propio presente. A lo largo de esta línea cronológica se revela una constante: la mayoría de estos espacios nacieron más como una respuesta inminente ante la emergencia o la necesidad urgente que como el fruto de una planificación previa de crecimiento.


Conocer cómo se levantaron estas paredes -entre decretos, imprevistos y la incesante autogestión de su gente- nos otorga la perspectiva indispensable para afrontar con acierto la expansión hacia donde el municipio naturalmente avanza, haciendo del conocimiento de nuestra propia historia el único cimiento verdaderamente sólido sobre el cual se construye el porvenir.

 
 
 

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